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Dios: Espiritualidad vs. Religiosidad

En este artículo se explorarán distintas esferas humanas donde la idea de Dios fue central en el mundo occidental, y para eso se abordarán algunas posturas, entre ellas; filosóficas, religiosas, espirituales y éticas. Se tomarán algunos personajes históricos, para poder acompañar la comprensión que se le ha dado, al concepto Dios, en las áreas anteriormente dichas. Pero antes, se introducirá el concepto de Dios, la espiritualidad, la religiosidad y una breve disintición entre Teísmo y Deísmo.

Concepto: Dios

A lo largo de la historia, el ser humano se ha acercado a Dios de distintas maneras. Se lo ha concebido como una presencia trascendente y superpoderosa o como una esencia inmanente a la existencia humana y a la de la naturaleza. Nos hemos acercado a Dios a través de la fe y de la creencia, pero también lo hemos pensado, o sea, nos hemos relacionado con el concepto de una manera racional y lógica. Unos han dicho que es un ser supremo, hacedor del mundo y del universo, a veces incorpóreo, mientras que otros lo entienden de forma más material. Incluso, otros, lo entienden como la única sustancia (que no depende de un otro para existir) existente.

Lo que queremos decir es que existen muchas formas en las que el ser humano concibe a Dios, y no es de menor importancia, que generalmente, existe una característica común: lo infinito.

Etimológicamente, la palabra “Dios” viene del latín “Deus” y ésta, asimisma, tiene una raíz protoindoeuropea “Diewos”, que significa brillo o resplandor, al igual que la palabra sánscrita “Deva” que hace referencia a un ser celestial

¿Qué es la Espiritualidad?

Si comprendemos a la espiritualidad en un sentido amplio, podríamos definirla como la condición espiritual inherente al ser humano. Etimológicamente, “espiritualidad” viene de la palabra “espiritu” del latín “spiritis” y a su vez del verbo “spirare” que significa “soplar”, haciendo referencia al soplo divino o la incorporeidad de la cuestión.

La espiritualidad humana es, entonces, una cualidad, función o incluso para algunos, una dimensión, que no se manifiesta materialmente y que nos conecta con algo superior a nosotros, o con algún ente supremo, sea éste externo o interno a nosotros mismos. Podríamos entenderla también, en términos de potencia, como la disposición moral, psíquica o religiosa que tiene quien se dedica a desarrollar el libre curso de las características de su espíritu.

Dentro de la religión se propone la vivencia de la espiritualidad desde un principio soteriológico (en lo referente a la salvación), o sea que, a través de ciertas prácticas de vida y enseñanzas de un profeta o mesías (que es la materialización de Dios en la Tierra) se desarrolla la espiritualidad y, por tanto, se obra éticamente bien. Por consiguiente, se propicia la salvación

¿Qué es la Religiosidad?

Como podrán ver, dado lo dicho anteriormente, el concepto de religiosidad puede, de alguna manera, mezclarse con el de espiritualidad. Ambos tienen cosas en común, pero su finalidad última las diferencia. 

La religiosidad es, ampliamente, la cualidad inherente al ser humano de poder desarrollar creencias religiosas. Se usa el término para referirse a distintos aspectos de la actividad religiosa aparte de la creencia, como por ejemplo, a la dedicación a una vida religiosa.

Aún así, lo que nutre de sentido la vida religiosa de un creyente es la espiritualidad, o sea, lo que lo lleva a la autorreflexión. Algunos categorizan y definen a la religiosidad como intrínseca cuando se dedica a la interiorización de la creencia religiosa.

Etimológicamente, “religiosidad” viene de “religión” que se deriva del latín “religio, religiōnis” del verbo “ligāre”, lo que nos lleva a entender “religión” como lo que comunica el vínculo existente entre el hombre y la divinidad. Desde este lugar encontramos, ya, la presencia de un ente divino, trascendente al hombre, que es esencial para la existencia de la religión. Por otro lado, la espiritualidad no depende de lo divino, aunque si lo pueda buscar en algunas ocasiones, o lo reemplace por términos como totalidad u orden. 

Teísmo vs. Deísmo

Dos términos que se suelen confundir, y que es esencial que sepamos a que refieren cuando estamos debatiendo sobre los distintos entendimientos de Dios son el de “Teísmo” y el de “Deísmo”. 

Si nos basamos en la raíz etimológica de estas palabras, la conclusión a la que llegamos sería contraria a la que es realmente, ya que “Teo” habla de Dios como concepto y “Deísmo” viene de “Deus” que es Dios en latín. Es como que sí los significados de cada palabra estuviesen intercambiados con respecto a su raíz etimológica.

Dicho esto entendemos al Teísmo como una doctrina que afirma la existencia de un Dios personal. Esto quiere decir que este Dios tiene características tales como la voluntad y el entendimiento, o sea que tiene la capacidad de “hacer” y de “comprender” lo que hace. Digamos que desde el Teísmo, Dios crea con intención y por alguna razón, lo cual lo coloca con un rol ético. Las religiones tienen un dios personal

Por otro lado, el Deísmo habla de la existencia de un Dios impersonal, despojado de las características que le atribuye el Teísmo, este Dios está desprovisto de moral y, la creación, si es que la hay (ya que lo infinito no comienza ni termina), no obedece a una razón. Desde el Deísmo se piensa que, si Dios es infinito, total y absoluto, no hay razón para que Dios quiera algo porque eso supondría que no tiene eso que quiere, lo cual sería absurdo. A este Dios no se le reza ni se le suplica, porque no escucha, no porque no quiere, sino porque no tiene esa característica personal, o si se quiere, humana. Dios es la causa y el sentido de todo

Filosofía Griega como precedente al Cristianismo

En la antigua grecia, donde la filosofía se fundó y tuvo, o sigue teniendo, una gran influencia en el entendimiento de Dios y la ética del ser humano, hubo tres momentos centrales. El primero, el período Arcaico se entiende como una etapa cosmológica, ya que la pregunta inicial era: ¿Cuál es el origen de todas las cosas?

Luego, en el segundo momento, el Clásico, donde encontramos a la tríada de Sócrates, Platón y Aristóteles, se lo entiende como un período antropológico, donde la preocupación está más puesta en entender qué es el ser humano. 

Y por último, el período Helénico, que surge en un tiempo de fragmentación social, política y moral para el imperio, producto de la muerte de Alejandro Magno, la preocupación de sus filósofos es la de cómo salvarse ante tal desequilibrio. De esta manera, de forma soteriológica, los helénicos, entre ellos Epicuro, empiezan a hacer filosofía acompañada de prácticas de vida concretas que llevarían a la salvación. Podemos notar a simple vista, como el cristianismo que va a surgir un par de siglos después, está fuertemente influenciado por este período helénico, diferenciándose en que la salvación para el cristianismo está en el paraíso, mientras que para los helénicos está en la tierra mismo.

- Materialismo Epicureo vs Idealismo Platónico

Ante la pregunta de cuál es el origen de todas las cosas surgen posturas muy distintas en la antigua grecia. Platón, por su lado, entiende que las cosas que existen en el mundo sensible son copias de ideas originales o arquetípicas que viven en otro mundo ideal y perfecto. Epicuro, basado en el atomismo de Demócrito, se adhiere a la visión de que todo está compuesto por elementos muy pequeños, invisibles e indivisibles llamados átomos. Éstos parecen ser las partículas elementales sobre la que descansa el mundo. Ante la paradoja de por qué no seguir dividiendo eternamente las partículas, Epicuro propone que, en el fondo, hay una zona de incertidumbre que se rige, novedosamente, por el azar.  

Cristo: Símbolo de Continuidad

Uno de los grandes problemas que ocupaba a la filosofía, e incluso siguió preocupando nuevamente en el dualismo Cartesiano, no se basaba solamente en el entendimiento del cosmos, el humano y su composición, sino que también, ante la idea planteada de un mundo material y un mundo ideal o espiritual, la preocupación residía en encontrar la conexión entre estos dos mundos, la forma en que se comunican. 

El cristianismo, con la figura de Cristo como mesías, logró unir esos dos mundos, logró bajar a Dios a la tierra y establecer un orden a partir del mismo. Esta fue una de las grandes razones del “éxito” del cristianismo. Cristo supone así un nuevo nivel de consciencia, y es el símbolo (lo que une) de la continuidad entre: el cielo y la tierra, el mundo material y el espiritual, la unión entre alma y cuerpo. 

Racionalismo: Dios a través de la Razón 

- Dualismo Cartesiano

Luego de la larga Edad Media, unos mil años en los que el saber estuvo ubicado en el libro sagrado de La Biblia, llegó el Renacimiento que dio paso a la Modernidad. Se empezaron a recuperar algunos valores filosóficos de la antigua grecia, y por el siglo XVII se fundó, de la mano de Descartes, el Racionalismo.

Los racionalistas, primeros filósofos luego de la Edad Media, en su afán de tomar la posta en el camino hacia el conocimiento de la totalidad, decían que la razón es capaz de suplantar a la fe en la búsqueda de Dios.

Descartes, por su lado, con la frase conocida: “Pienso, luego existo”, propone, con la intención de unir el materialismo con el idealismo, la existencia de dos sustancias distintas: la material y la espiritual. Básicamente, en su Discurso del Método, entiende que si es posible tener una idea clara de Dios, y que si se le evidencia que la existencia necesaria es clara en la idea de Dios, entonces ese Dios existe.

- Monismo Spinoziano

Por otro lado, en respuesta a esta división que hace Descartes entre materia y espíritu, surge el monismo de Spinoza. Este filósofo de origen sefardí hispano-portugués, luego expulsado de la comunidad judía por sus ideas molestas sobre Dios, queda, de alguna manera, doblemente “marrano”, en herencia y en presencia. 

Spinoza decía que, sí una sustancia es aquello que es en sí, o sea que no depende de nada más para existir, solo puede haber una única sustancia que sea eterna, infinita y perfecta, y esa sustancia es Dios o la Naturaleza. La frase más conocida de este filósofo es: “Dios, o sea la naturaleza”. 

Muchos han querido categorizar a Spinoza como un panteísta de manera equivocada, por su idea de que Dios es todo. Pero el dios de Spinoza es impersonal e inmanente (que es intrínseco), y no podría entrar en la categoría de Teísmo, sino que, su idea de Dios, es más parecida a lo plantea el Deísmo, que se aproxima a Dios conceptualmente. Aún así, algunos han querido hacer una modificación del término en función a la filosofía spinoziana, proponiendo “pan-en-teísmo”, todo en Dios, al introducir el “in deus” del filósofo, mediante el cual intenta explicar que todo está en Dios.  

Spinoza plantea entonces que Dios, en tanto infinito, posee o se puede manifestar a través de infinitos atributos. Sin embargo, para el ser humano sólo es entendible a través de dos de ellos: extensión (cuerpo) y pensamiento (alma). A su vez, de estas dos maneras es que el ser humano puede definirse a sí mismo, a través del pensamiento, o sea diciendo que tiene alma, o a través de la extensión, diciendo que tiene cuerpo. Lo que Spinoza deja en claro es que, en realidad, son dos miradas distintas de la misma cosa, la única sustancia: Dios

Aquí yace lo hermoso de Spinoza, por un lado nos dice que nosotros estamos en Dios, o que, de alguna manera somos una forma de Dios, mientras que por otro lado nos dice, haciéndonos saber lo pequeño que somos, que conocemos esa totalidad sólo a través de dos de las infinitas formas que realmente existen. 

Trascendencia vs. Inmanencia

Hemos ido, a lo largo de este artículo, viendo cómo el ser humano ha comprendido a Dios de distintas maneras, e implícitamente en estas distintas concepciones, se fueron inmiscuyendo conceptos tales como el de trascendencia e inmanencia.

Por su lado, la inmanencia significa aquello que es inherente a algo, intrínseco al ser, o sea que su finalidad, causa y sentido perdura en la interioridad. Por ejemplo, el dios de Spinoza es inmanente porque todo es él, o todo está en él. Repetimos, “Dios, o sea la naturaleza”. Por eso en Spinoza, la metafísica y la física son lo mismo, porque nada puede estar más allá de la física (de physis, naturaleza).

Por otro lado, la trascendencia es aquello que sobrepasa, supera, va o está más allá de algo. Sin lugar a dudas, el Dios de la religión es, con algunas excepciones, trascendente, ya que está en otra realidad y obra desde otro lugar, separado del mundo terrenal y humano. 

Psicología, Religión y Religiosidad

Para hablar de Dios en la psicología, tenemos que hablar de la psicología profunda, y paradójicamente, primero del psicoanálisis, fundado por un ateo: Sigmund Freud, que en uno de sus escritos propone a la neurosis como religiosidad individual y a la religión como una neurosis obsesiva universal. 

La idea de Dios junto con la Religión, según Freud, es un deseo, una mera ilusión que prescinde de toda relación con la realidad, y se encarga de brindar protección y consuelo ante los infortunios de la vida, pero que paralela e inevitablemente es la atrofia de la intelectualidad humana, ya que en ella se malgasta energía psíquica que debería ser empleada en la vida terrenal, donde la máxima encargada de auxiliar al ser humano frente a las incertidumbres y adversidades existenciales es la ciencia.

Aún así, este neurólogo austríaco de origen judío y creencia atea, vive en sí el conflicto que lleva a la neurosis, o religiosidad individual, y plantea la idea del Inconsciente, o sea, eso que subyace, fuera de nuestro control, y donde “la verdad” puede ser encontrada. De esta manera, Freud es atravesado por la espiritualidad, más no por la religiosidad, a la cual repudia.

Por otro lado, Jung, el fundador de la psicología analítica y quien plantea la idea platónica del inconsciente colectivo: estructura psíquica donde yacen los arquetipos o ideas originales, como por ejemplo, la idea de Dios

Jung no aborda a Dios de una manera personal, teísta, sino que a través del deísmo, encuentra la idea de un Dios inmanente a través del arquetipo del Self. Quizá, uno puede entender que desde la mirada de Jung, la religión se nutre de la proyección de la idea de Dios en un ser trascendente, pero sobre la religiosidad, él mismo dice que, incluso, podría ser la actitud de la consciencia que está íntimamente relacionada a la totalidad psíquica (Self), asemejándola a la espiritualidad.

Reflexión Nietzscheana: “Dios ha muerto”

Postmodernidad; ¿y ahora?

La filosofía y los dioses griegos, fueron en su momento, durante la antigüedad un marco de contención para el hombre occidental. Luego, en la edad media, el Dios del Cristianismo nos alojó en su casa que es el mundo, y nos contuvo como niños arropados por su madre, y nos ordenó como hijos estructurados por sus padres. Mil años duró, y luego, con el avance del Imperio Otomano que da lugar a la Caída de Constantinopla, y años después, el descubrimiento de América, ampliando límites viejos, es que se da comienzo a la Era Moderna, donde se recupera a la razón, aunque primero en relación con Dios. Sin embargo, cien años después de los primeros racionalistas y a través de la Ilustración, de la mano de filósofos como Locke, Diderot y Kant, se limitó el pensamiento humano a lo terrenal, a lo alcanzable científicamente. Si había un Dios, no importaba, no era tema del hombre. Ya para fines del siglo XIX, Nietzsche analiza esta cuestión, y propone su célebre frase: “Dios ha muerto”, que refiere a la ya ineficacia presente de la idea de Dios como principio moral o teleológico.

Hoy en día, en la Era Posmoderna la ciencia también ha caído como paradigma dominante. La segunda guerra mundial y la bomba atómica lo ha demostrado. En esta nueva era reina la indeterminación, ya evidente en su propio nombre. No tenemos, hoy en día, ningún marco ético, moral, filosófico, científico, religioso ni metafísico que nos contenga. 

Esto explica muchas cosas de la sociedad presente. La preponderancia de la depresión y la ansiedad son producto, también, de esta indeterminación u identidad difusa que tiene el colectivo. James Hillman, analista junguiano, dice que los dioses muertos reviven en nosotros como complejos sintomáticos, o sea, como la patología.

Deberíamos entonces preguntarnos; ¿cómo es hoy nuestra relación con Dios?