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Perder el trabajo: impacto emocional real (y por qué no es solo “un problema económico”)

Perder el trabajo mueve el piso.

No solo porque falta plata, sino porque se cae algo mucho más silencioso: la estructura cotidiana, la identidad, la sensación de rumbo.

En consulta aparece todo el tiempo y casi siempre con la misma frase: “sé que no es tan grave, pero me siento pésimo”.

Spoiler: sí es grave, emocionalmente hablando.

El trabajo organiza la vida. Marca horarios, vínculos, objetivos y hasta autoestima. Cuando eso desaparece, el impacto no es inmediato como un golpe, es más bien como una humedad que avanza lento.

Lo que suele pasar por dentro (aunque no siempre se diga)

Muchas personas atraviesan una mezcla intensa de emociones:

- Ansiedad por el futuro y la incertidumbre.
- Culpa o vergüenza, incluso cuando el despido no tuvo nada que ver con el desempeño.
- Tristeza por la pérdida de rutina, equipo y sentido de pertenencia.
- Enojo que a veces no encuentra destinatario.
- Desvalorización personal: “si no tengo trabajo, ¿qué valgo?”

Todo esto puede aparecer junto o por etapas.

No es lineal ni prolijo. Y no, no se resuelve solo “poniéndose las pilas”.

Identidad y trabajo: una relación más profunda de lo que creemos.

En sociedades donde la primera pregunta suele ser “¿a qué te dedicás?”, perder el trabajo también implica perder una forma de presentarse al mundo. Por eso duele aunque haya indemnización, apoyo familiar o ahorros. El golpe es simbólico y real a la vez.

Cuando el desempleo se extiende

Si el tiempo pasa y no aparecen oportunidades, el malestar puede intensificarse: insomnio, irritabilidad, aislamiento, síntomas depresivos o sensación de estar “fuera del sistema”.

No es debilidad. Es el cuerpo y la mente reaccionando a una situación de amenaza prolongada.

¿Qué puede ayudar de verdad?

Hablar. Poner en palabras lo que pasa sin minimizarlo. Revisar creencias rígidas sobre éxito, fracaso y valor personal. Sostener una rutina mínima cuando todo se desarma.

Y, en muchos casos, hacer terapia para atravesar el duelo laboral y reconstruir sentido, no solo buscar el próximo empleo.

Perder el trabajo no define quién sos, pero sí puede ser una herida emocional profunda si se vive en soledad o silencio.

Atender ese impacto no es un lujo: es parte del proceso de volver a pararse, con más consciencia y menos autoexigencia.

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